Se levantó de la cama en la que
llevaba horas postrado.
Ya eran las ocho y cinco.
No le gustaba su vida, su mundo...
Arranco la pagina del calendario antes
de bajar las escaleras, veintiuno de marzo,.
Las tostadas sabían como siempre,
igual que la mermelada, pero algo había cambiado, sin duda era El
Día, pero no sabría decir porque, ni en que.
Salió de casa, aunque no fuese un gran
estudiante, llegaba siempre puntual, como un autómata desganado.
Como cada día, se cruzó con ella,
como cada día demasiado absorto para ver que sus ojos tampoco
parecían responder a la realidad que la rodeaba.
Un compañero de clase le dio un
inesperado empujón que lo lanzó contra el asfalto; justo después
de la caída se giró para ver el parachoques de un coche abalanzándose
sobre su cabeza.
Abrió los ojos y se levanto de la
cama, arrancó una pagina del calendario mientras se preguntaba sin
mucho énfasis como había esquivado la muerte.
veintiuno de marzo, el reloj marcaba
las ocho y siete.
Se miró las heridas de la caída en
los codos y las manos, suspiró mientras abría la botella de agua de
su escritorio.
Alguien le había dicho que por cada
suspiro realizado se restaba un segundo de vida.
Empezó a beber sin separar los labios
de la botella; el agua empezaba a salirse de su boca pero siguió
bebiendo. Un tímido charco se formó a sus pies, aumentando su
tamaño y su velocidad de crecimiento.
Seguía bebiendo y el agua siguió
emanando de su boca, inundando su cuarto.
Subió por sus tobillos, por las
rodillas, torso, cuello, y lo sumergió llenándolo todo.
Su pelo y su ropa se removían
inquietos en la antigravedad subacuática que le rodeaba.
Bajó las escaleras con calma, sin
desayunar, salió a la calle en dirección a la escuela.
Se cruzó con ella, demasiado
ensimismado como para ver que su cabello y su ropa, al contrario que
el del resto, también flotaba en el agua, sin fijarse tampoco en la
botella de agua que que ella llevaba en la mano.
Giro por un callejón estrecho, no
tenia ganas de estudiar, tras tirar la botella, dejó que sus pasos le
guiaran.
Despues de varias horas andando por las calles, sin
rumbo, la vio a ella a lo lejos, con su melena fluyendo lentamente
alrededor de su cara.
Avanzaron el uno hacia el otro hasta
que sus cuerpos chocaron, fundiéndose en un intenso beso,
suspiraron, sin separarse, su ultimo segundo de vida y se desplomaron
como uno solo entre invisibles burbujas de felicidad.
Era mucho mejor que el parachoques del coche.
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