viernes, 23 de agosto de 2013

Suspiriis



Se levantó de la cama en la que llevaba horas postrado.
Ya eran las ocho y cinco.
No le gustaba su vida, su mundo...
Arranco la pagina del calendario antes de bajar las escaleras, veintiuno de marzo,.
Las tostadas sabían como siempre, igual que la mermelada, pero algo había cambiado, sin duda era El Día, pero no sabría decir porque, ni en que.
Salió de casa, aunque no fuese un gran estudiante, llegaba siempre puntual, como un autómata desganado.
Como cada día, se cruzó con ella, como cada día demasiado absorto para ver que sus ojos tampoco parecían responder a la realidad que la rodeaba.
Un compañero de clase le dio un inesperado empujón que lo lanzó contra el asfalto; justo después de la caída se giró para ver el parachoques de un coche abalanzándose sobre su cabeza.
Abrió los ojos y se levanto de la cama, arrancó una pagina del calendario mientras se preguntaba sin mucho énfasis como había esquivado la muerte.
veintiuno de marzo, el reloj marcaba las ocho y siete.
Se miró las heridas de la caída en los codos y las manos, suspiró mientras abría la botella de agua de su escritorio.
Alguien le había dicho que por cada suspiro realizado se restaba un segundo de vida.
Empezó a beber sin separar los labios de la botella; el agua empezaba a salirse de su boca pero siguió bebiendo. Un tímido charco se formó a sus pies, aumentando su tamaño y su velocidad de crecimiento.
Seguía bebiendo y el agua siguió emanando de su boca, inundando su cuarto.
Subió por sus tobillos, por las rodillas, torso, cuello, y lo sumergió llenándolo todo.
Su pelo y su ropa se removían inquietos en la antigravedad subacuática que le rodeaba.
Bajó las escaleras con calma, sin desayunar, salió a la calle en dirección a la escuela.
Se cruzó con ella, demasiado ensimismado como para ver que su cabello y su ropa, al contrario que el del resto, también flotaba en el agua, sin fijarse tampoco en la botella de agua que que ella llevaba en la mano.
Giro por un callejón estrecho, no tenia ganas de estudiar, tras tirar la botella, dejó que sus pasos le guiaran.
Despues de varias horas andando por las calles, sin rumbo, la vio a ella a lo lejos, con su melena fluyendo lentamente alrededor de su cara.
Avanzaron el uno hacia el otro hasta que sus cuerpos chocaron, fundiéndose en un intenso beso, suspiraron, sin separarse, su ultimo segundo de vida y se desplomaron como uno solo entre invisibles burbujas de felicidad.

Era mucho mejor que el parachoques del coche.

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