Quieto, se quedo pensando en como el
mundo avanzaba a su alrededor, como se movía incansable, dinámico.
Su cerebro se estaba entumeciendo,
hundido sobre el acolchado suelo.
Era terrible, miles de pensamientos
azotaban su mente, estresándole, destruyendo sus nervios poco a poco
sin poder hacer nada por evitarlo, sin poder mover un dedo, ni
siquiera un milímetro.
Estirado, alejado de la realidad,
esperaba a que su cuerpo reaccionase de nuevo, a que sus parpados le
obedecieran otra vez, faltos de luz, como su alma de libertad.
Necesitaba huir de aquel lugar lleno de
susurros y sollozos.
Sus fuerzas menguaron y se hundió mas;
podía notar el impacto de miles de gotas por todo el cuerpo,
lagrimas perdidas en reprimidos llantos olvidados.
Quedaba poco para alcanzar la paz; o
almenos eso le gustaba pensar a él, puesto que en realidad no podía
estar seguro de lo que pasara a continuación.
Todo se movió de nuevo, provocando que
una de sus manos cayese al costado ¿Pero que importaba eso ya? ¿Que
importaba que un mechón de su pelo negro le cruzase la cara,
rompiendo la fría armonía de su rostro?
Nada.
Noto como su diminuto cubículo
descendía lentamente, hundiéndose, y llevándose con él, el pesar
de todos a los que dejaba atrás.
Por ultimo, escuchó como se aislaba
rítmicamente de la realidad, un poco mas con cada montoncito de
tierra arrojado por el enterrador, como tijeras cortando las finas
fibras que le ataban a la vida.
“Descansa en paz, querido amigo... “
es todo lo que él podía desear
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