Me miro en un espejo apoyado en una
pared de la calle. Me miro yo, no yo, sino mi otro yo.
Su sonrisa se ensancha, sabe que hay
una brecha, sabe que puede escapar.
Rápidamente me coge por el cuello y
estira. A pesar de que mi cuerpo sigue inmóvil, mi cara esta contra
el espejo. Intento apartarme pero es demasiado fuerte, me mete en él
y ocupa mi cuerpo, dejándome en una región perdida en mi mente.
Todo se difumina, mi piel se
resquebraja, dejando salir dos negras alas ensangrentadas, muertas,
cayendo hacia el suelo. Mi piel, la de debajo de la piel rota, es
pálida, solo oscurecida por negras venas, que lloran sangre sin
brillo.
Me tambaleo por la calle.
Siento un fuerte impacto en el pecho,
el dolor se apodera de mi; ardientes lagrimas surcan mi cara mientras
una sonrisa perturbada por el sufrimiento me desgarra la cara.
Segundo impacto, cierro los ojos.
Recupero la visión nítida, el cielo es negro como las paredes y el
suelo, todo esta teñido de oscuridad.
Me desplomo sobre el suelo de un
descampado, horrorizado, paralizado por la angustia. La arena es
negra, y la mayoría de las piedras grises pero hay algunas
excepciones; algunas son de un verde chillón y otras púrpura.
Algunas regiones del cielo son teñidas de rojo, y a lo lejos se
divisan hogueras de carne y sangre.
¿Que lugar es este?
Miro a mi alrededor, no hay nada, solo
mis pobres reflejos que me persiguen, descarnadas calaveras gritando:
no quiero ser yo.
Tercer impacto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario