miércoles, 12 de septiembre de 2012

Odio


Estaba enfrente de mi, el odio me consumía.
Estiré el brazo hacia el y lo alcé, el se elevó, aterrorizado, levitando a varios metros de mi.
Empecé a separar los dedos de mi mano, vinculados a sus huesos y su carne.
Su ropa y su piel empezaron a resquebrajarse, y empezó a sangrar violentamente. Poco a poco, sus huesos asomaron por las grietas de su espalda, separándose de la carne aun viva.
Intentó gritar pero su destrozado cuerpo no lo tolero, solo consiguió que de su cuello emergieran burbujeantes mareas de sangre.
Acabé de abrir la mano y los últimos huesos se despegaron de sus tejidos; aun tuvo tiempo de lanzarme una ultima mirada horrorizada antes de morir.
Relajé mi brazo; carne y hueso cayeron sobre la sangre y sobre el olvido al que les condenaría aquel perdido lugar.
No habría tumba ni recuerdo para el, solo un manto de rencor complacido.

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