Estaba enfrente de mi, el odio me
consumía.
Estiré el brazo hacia el y lo alcé,
el se elevó, aterrorizado, levitando a varios metros de mi.
Empecé a separar los dedos de mi mano,
vinculados a sus huesos y su carne.
Su ropa y su piel empezaron a
resquebrajarse, y empezó a sangrar violentamente. Poco a poco, sus
huesos asomaron por las grietas de su espalda, separándose de la
carne aun viva.
Intentó gritar pero su destrozado
cuerpo no lo tolero, solo consiguió que de su cuello emergieran
burbujeantes mareas de sangre.
Acabé de abrir la mano y los últimos
huesos se despegaron de sus tejidos; aun tuvo tiempo de lanzarme una
ultima mirada horrorizada antes de morir.
Relajé mi brazo; carne y hueso
cayeron sobre la sangre y sobre el olvido al que les condenaría
aquel perdido lugar.
No habría tumba ni recuerdo para el,
solo un manto de rencor complacido.
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