Por fin caía la noche.
Con
un leve roce de sus labios la gruesa pared de cristal palpitó y acto
seguido absorbió la humedad impregnada en la huella de su boca;
desde esta, empezaron a brotar infinidad de venas que formaron una
inmensa red bombeada por un oscuro corazón.
Con
una fina sonrisa en su joven rostro acarició el corazón, cuyos
latidos se aceleraron; ella le soplo suavemente y tras un
estremecimiento el corazón empezó a descender por el interior del
cristal hasta sumergirse bajo el suelo.
Se
giró lentamente, a tiempo de ver como el corazón se acomodaba en un
hueco entre los nudos de un retorcido árbol. Se aproximó y acarició
el dormido rostro de un hombre rubio que sobresalía del tronco.
Arrancó la daga sostenida entre sus dedos, que sobresalían del
interior de una rama.
Acto
seguido hundió la daga en el corazón del hombre, que se convulsionó
sin despertar.
Abrió
un diminuto frasco de cristal y guardo la lagrima que surcaba las
ojeras de este, luego, se agacho lentamente y bebió la sangre que
lloraba su corazón.
Limpió
sus finos labios antes de que el rojo profanase el blanco de sus
cabellos.
Una
vez mas, se sentó junto a las raíces observando como el corazón se
descomponía rápidamente, Esperando a que la tenue luz del lugar
desapareciese por completo, sosteniendo una lagrima entre sus manos
hasta que que el cristal estuviese preparado para un nuevo beso.
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