lunes, 7 de mayo de 2012

Jared


Me desperté, debían ser las cuatro de la mañana.
Tropecé con mi mesta de noche, este tipo de cosas no me pasan a menudo, pero ese día me atenazaba un terrible dolor de cabeza, difícil de expresar; como si tuviera un pulpo dentro de mi cerebro, agarrado a distintos lugares y tirase hacia el centro encogiéndolo.
Es realmente doloroso, pero tiene fácil solución.
Fui al balcón y observe la fortaleza en la vivimos, muchas noches la observo, esculpida en un inmenso acantilado. La puerta principal, a unos 50 metros de altura y oculta tras un gran banco de niebla ofrece un espectáculo precioso y una gran protección, pues no es habitual encontrar puertas a tan gran altura.
Proseguí mi paseo hacia las entrañas de la fortaleza. Adoro los tapices y alfombras que adornan los fríos pasillos de elegante calidez. Al final e un estrecho corredor, se intuía un danzarín fuego, agradable.
Seguí hacia las mazmorras, las paredes y suelos quedaron a la vista y el ambiente se torno húmedo.
Llegué a las jaulas. Estaban llenas de rehenes sin importancia, no tenían información ni valor, así que nadie se fijaba en ellos. Su única esperanza era que alguien les ofreciera integrarse en nuestra sociedad, y raramente pasaba.
Abrí una de las jaulas y tire de un brazo. Cerré los barrotes tras una joven de pelo rojo oscuro.
La así por la muñeca y la llevé contra la pared, su ropa estaba maltrecha, ella, pálida y asustada.
Era hermosa. Me acerque; intento huir pero la aguanté por los hombros. Notaba su aterrorizado aliento en el cuello. No podía resistirlo mas.
Mi mano bajó hacia la cintura con un rápido movimiento; su sangre se deslizo hasta mi codo y cayó al suelo.
Extraje lentamente la daga de su abdomen. Notaba la carne cortándose y su piel a través del ensangrentado vestido.
Me acerque a otra jaula, esta vez fue un muchacho.
Cuando lo saque, intento golpearme sin éxito y me escupió en la cara, a mi!
Nadie me falta el respeto de esa forma, así que decidí enseñarle al resto de rehenes como se responde a esa actitud.
Golpee tres veces su cara. No suelo usar los puños para este tipo de gente, pero estaba furioso.
Me aparte el pelo de la cara y me relajé, seria mejor usar la magia.
Estire el brazo y el salio disparado hacia la pared, contra la que quedo pegado. Me acerqué.
-¿Te arrepientes de lo que has hecho?-
-No- Sonreí.
Cree un vinculo entre mis manos y sus tibias, peronés, cubitos y radios; mientras cerraba el puño, me recorrían desde los dedos los crujidos de sus huesos rompiéndose en trocitos.
Lo deje agonizando en el suelo y subí las escaleras. Crucé el estrecho corredor donde había visto la cálida luz de la hoguera, cogí uno de los miles de libros de la sala, una infusión y me senté en una butaca.
Ahora que me había desprendido del dolor de cabeza solo quedaba esperar el retorno del sueño.

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