Me desperté, debían ser las cuatro de
la mañana.
Tropecé con mi mesta de noche, este
tipo de cosas no me pasan a menudo, pero ese día me atenazaba un
terrible dolor de cabeza, difícil de expresar; como si tuviera un
pulpo dentro de mi cerebro, agarrado a distintos lugares y tirase
hacia el centro encogiéndolo.
Es realmente doloroso, pero tiene fácil
solución.
Fui al balcón y observe la fortaleza
en la vivimos, muchas noches la observo, esculpida en un inmenso
acantilado. La puerta principal, a unos 50 metros de altura y oculta
tras un gran banco de niebla ofrece un espectáculo precioso y una
gran protección, pues no es habitual encontrar puertas a tan gran
altura.
Proseguí mi paseo hacia las entrañas
de la fortaleza. Adoro los tapices y alfombras que adornan los fríos
pasillos de elegante calidez. Al final e un estrecho corredor, se
intuía un danzarín fuego, agradable.
Seguí hacia las mazmorras, las paredes
y suelos quedaron a la vista y el ambiente se torno húmedo.
Llegué a las jaulas. Estaban llenas
de rehenes sin importancia, no tenían información ni valor, así
que nadie se fijaba en ellos. Su única esperanza era que alguien les
ofreciera integrarse en nuestra sociedad, y raramente pasaba.
Abrí una de las jaulas y tire de un
brazo. Cerré los barrotes tras una joven de pelo rojo oscuro.
La así por la muñeca y la llevé
contra la pared, su ropa estaba maltrecha, ella, pálida y asustada.
Era hermosa. Me acerque; intento huir
pero la aguanté por los hombros. Notaba su aterrorizado aliento en
el cuello. No podía resistirlo mas.
Mi mano bajó hacia la cintura con un
rápido movimiento; su sangre se deslizo hasta mi codo y cayó al
suelo.
Extraje lentamente la daga de su
abdomen. Notaba la carne cortándose y su piel a través del
ensangrentado vestido.
Me acerque a otra jaula, esta vez fue
un muchacho.
Cuando lo saque, intento golpearme sin
éxito y me escupió en la cara, a mi!
Nadie me falta el respeto de esa forma,
así que decidí enseñarle al resto de rehenes como se responde a
esa actitud.
Golpee tres veces su cara. No suelo
usar los puños para este tipo de gente, pero estaba furioso.
Me aparte el pelo de la cara y me
relajé, seria mejor usar la magia.
Estire el brazo y el salio disparado
hacia la pared, contra la que quedo pegado. Me acerqué.
-¿Te arrepientes de lo que has hecho?-
-No- Sonreí.
Cree un vinculo entre mis manos y sus
tibias, peronés, cubitos y radios; mientras cerraba el puño, me
recorrían desde los dedos los crujidos de sus huesos rompiéndose en
trocitos.
Lo deje agonizando en el suelo y subí
las escaleras. Crucé el estrecho corredor donde había visto la
cálida luz de la hoguera, cogí uno de los miles de libros de la
sala, una infusión y me senté en una butaca.
Ahora que me había desprendido del
dolor de cabeza solo quedaba esperar el retorno del sueño.
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