Estábamos
paseando, tu y yo, entre la suave y cálida luz que bañaba aquel
bosque otoñal. Las hojas; naranjas, rojas, cobrizas, danzaban a
nuestros pies y llovían en poca pero constante cantidad.
Precioso.
Seguimos
andando hasta que una alta pared, erosionada y mohosa, nos cortó el
paso.
Caminamos
a su lado, buscando su final. En el trayecto, hallamos la entrada,
una verja de retorcidos hierros. Las dos puertas unidas formaban, en
su centro, un circulo con una H en su interior.
Podía
ver a lo lejos la estatua de un ángel con un ala rota. Un
cementerio.
Nos
miramos con determinación, nuestras manos se separaron dolorosamente
pero, tras saltar la puerta, se entrelazaron ansiosas.
Pasada
una pequeña muralla de secos setos, se extendía un campo salpicado
de lápidas y cruces sin orden aparente.
Como
nosotros, los arboles habían saltado la muralla adornando el lugar,
tiñéndolo de otoño.
Lentamente
avanzamos hacia el centro, donde reinaba el ángel.
“Es
hermoso- Te dije yo.- Pero no tanto como tu:”
“Cállate,
no digas tonterías.” Te alejaste divertida. Fui tras tus pasos,
tu sonrisa, hasta una lapida sobre la que nos apoyamos.
Te
besé.
Fue
increíble, nos perdimos en la mirada, el sabor del otro.
Un
movimiento en el suelo me saco de trance.
“¿Te
pasa algo?” Mezcla de preocupación y curiosidad.
“Me
ha parecido ver algo, creo que era una culebra.”
Nos
abrazamos, el tiempo se alargó, aletargado en nuestra calma, en
nuestro amor.
En una
lápida vecina, vi un curioso animal; una especie de insecto sin un
exoesqueleto rígido, gris con un leve toque granate. Levantó las
patas delanteras amenazante.
Súbitamente,
un tentáculo de características similares a la pequeña criatura se
alzó entre las hojas. Retrocedimos, asustados, mientras mas
tentáculos empezaban a rodearnos.
Salimos
corriendo hacia la puerta, al pasar cerca del ángel empecé a
detectar movimientos a lo largo del cementerio; no pude evitar mirar
atrás. Nos estaban alcanzando.
Saltamos
los setos y te agarraste a la puerta; te estaba ayudando a subir
cuando uno se lanzó hacia ti, veloz. Me interpuse mientras tu
saltabas. Intentaste coger mi mano entre los barrotes, casi nos
rozamos, pero aquel ser tiro fuertemente de mi alejando nuestros
dedos; alejando nuestras vidas.
Los
tentáculos tiraban de mi hacia un hoyo sobre el que emergía una
lapida, mientras, ligera, una pluma pétrea caía del ala izquierda
del ángel.
“¡Lárgate!-
Grité- que al menos uno salga de aquí.”
Lo
ultimo que pude ver antes de ser enterrado, fue tu cara contraída de
dolor entre los barrotes y tu brazo extendido hacia mi.
No hay comentarios:
Publicar un comentario