Corrió hacia el acantilado, y saltó.
Cuando sus ojos dejaron de ver el suelo
para mostrarle las enfurecidas olas, los cerró, tensando cada fibra
de su cuerpo, que desparramó montones de diminutas gotas de sudor a
su alrededor.
Su piel se enfrió, su barba, que le
enmarcaba los labios y la mandíbula se erizó; el pelo enloqueció
alrededor de sus hombros. Los brazos se extendieron firmes frente a
él, las piernas, se tensaron, quedando pegadas; el pecho, se
encalló, sin dejar pasar ni el más leve suspiro. Los ojos,
cerrados, se relajaron, y su cuerpo fue ganando velocidad.
Su aletargada mente, aún percibía
como con su descenso cortaba el viento, que silbaba en sus orejas,
pero aun así, permaneció casi dormida, sin temor, sin nerviosismo.
Por último, el mar lo engulló,
trayéndole la paz que tanto ansiaba, y asegurándose de que jamás
sentiría esa tensión que lo atenazaba desde tiempo atrás.
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