Veo las burbujas ascender en la
oscuridad, avanzando hacia la luz que se arrastra al final del
pasillo de agua.
Las cosas vienen y van, se hilan y se
cortan, nada es eterno, aunque muchas canciones se aferren a esa
idea. No, mi canción interior lo sabe.
Aunque pueda parecerlo, esto no es una
despedida triste. Aunque hundirse en el mar no sea lo mas agradable,
tampoco es algo deprimente; al menos no esta vez.
Es sencillamente, una parte mas de la
vida, un viaje, caes al océano y te hundes hasta alcanzar la otra
superficie, la opuesta, y sigues andando en ese lado de la vida, como
un inmenso espejo, hasta caer otra vez sobre el mar, rompiendo su
esquema de olas, deslizándote hacia el lado opuesto.
Es como el vaivén metódico de un
reloj, como un gran metrónomo irregular y espontaneo.
La vida es algo así, pero lo
importante no es mantenerse a flote el máximo de tiempo, intoxicando
esa parte de tu vida, sino recibir bien la caída y seguir adelante
en la siguiente orilla.
O eso creo.
Solo hace falta, volver a respirar.
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