Recordó
la fiesta de tres noches atrás, la música, los bailes; a
ella...-suspiro-Desde su partida, la marcha resultaba mucho mas dura.
Sentía un gran peso en el corazón, un vacío, una gran nostalgia...
La
echaba de menos, sin ella nada era lo mismo. Las fiestas parecían
mas apagadas, los juegos perdían su sentido, la diversión se
atenuaba, aunque despreciaba esto ultimo, los amigos no eran
suficiente para animarlo, como una cerilla intentando alumbrar todo
el terreno de un granjero.
La
soledad le reconfortaba; estar con sus compañeros sin que ella se
encontrarse allí, era mas difícil que refugiarse en aquellos
recuerdos en los que se encontraban el uno apoyado en el otro, sin
necesidad de hablar, porque su amor no necesitaba palabras para
expresarse.
Los
carros se detuvieron. Erdin y Trebin, los caballos que tiraban de su
carromato, relincharon cansados.
Alguien
estaba subiendo, sin duda eran las botas de su padre.
-¿Estas
bien hijo? Últimamente te veo distante y frío...- Le dio un
cariñoso pellizcón en la mejilla.
Le
dolió, no en la mejilla, sino en el corazón. Compuso una perfecta
sonrisa y respondió.
-Claro
que estoy bien padre, es solo que estoy escribiendo, y tengo la mente
en el texto, y no en la realidad. Perdone,- Añadió con tono
avergonzado- estaré bien.-
-Me
alegra oír eso chico, te dejo escribiendo. Me siento orgulloso de
tener un hijo tan aplicado.- Le revolvió el pelo y se largó.
De
nuevo solo en el vehículo, se rozo la mejilla. Seguía notando aquel
aguijón en el pecho, que le recordaba aquellas tardes junto a
ella,cuando le acariciaba su suave mejilla, y aquel escalofrió que
le recorría desde la punta de los dedos.
Eran
agradables recuerdos dolorosos, y no podía evitar preguntarse si
ella sentiría algo parecido desde Lardean, la ciudad de la niebla.
Intentó
ser racional,se volverían a ver en dos semanas, y ademas, ya habían
pasado tres días... ¡tres días! Le habían parecido una eternidad
¿como soportaría el resto?
Decidió
apartar aquellos pensamientos de su mente limpiando a Erdin y Trebin.
No lo consiguió.
Cuando
termino, volvió a su carromato.
Pensó
en el reencuentro; no quería que la pasión cegara su juicio, temía
desmadrarse demasiado y perder la nitidez del momento.
Cuando
la viera, la abrazaría largo rato, le acariciara la cara tiernamente
y la besaría, entonces si, apasionadamente.
El sol
se estaba poniendo, decidió que escribiría algún verso, y se
dormiría soñando con la propietaria de su alma, su corazón y su
vida.
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